Aquí puedes ver la entrevista que me realizó Roberto Ledo en el Diario Luso-Galaico con motivo de la publicación del libro.
Los misterios de «siri»

«La inmediatez pegada a mí, sin ausencias, me responde en ese diálogo con un silencio sutil hablándome de la utilidad como entrega, con un lenguaje inteligible para quien descansa en ella, sin prisa. Lenguaje que tiene la profundidad del destino de cada cosa en mi hábitat y del conocimiento que tengo de su destino en lo que me rodea, y del que extraigo su eficacia y prescindo, si conviene, sin ocupar espacios ajenos.»(1)
Todo lo que me rodea habla de mí y de mis prioridades sin que la mayoría de las veces lo decida pausadamente. Yo soy el protagonista, dirijo la orquesta para que la sinfonía sea una explosión lingüística coherente. «Cada instrumento es una pieza musical inestable y continua que exige de mí, saber cómo suena cada uno y cómo se combina con los demás»(2)
El afán de dominio que habita en nuestro desorden interno y oscuro suele emerger con lo que no puede darnos respuesta, con aquello que por carecer de libertad manifiesta, aunque no queramos, nuestro ser más íntimo en desarrollo. Las cosas están a mi servicio, no yo al servicio de las cosas. Servir a las cosas es hacerlas óptimas para servir (para servir, servir): cuidarlas, protegerlas y colocarlas en el lugar adecuado. La armonía entre los instrumentos está al servicio del todo. El todo es la persona que dirige la acción.
Muchas veces buscamos nuestra seguridad en lo que es visible para todos y esto puede hacernos confundir valor y precio. Reducir nuestro valor a una etiqueta comercial es muy empobrecedor. El orden de mi entorno facilita la comprensión de mi puzle. La comprensión de la imagen definitiva hacia la que me dirijo. No hay reglas generales ni comunes, cada persona, según su propósito, determinará las suyas.
El que no sabe leer no necesita una biblioteca. La tecnología sirve a quien sabe usarla, no es un lujo, pero puede ser una necesidad prescindible.
La sorpresa del otro día fue mayúscula cuando mi reloj en lugar de la hora me dijo que la oración era un misterio para él. Yo no le había pedido nada más que la hora, pero escuchó mi oración y quiso decirme que no podía ayudarme en eso.
Solo los hombres rezan y nunca nadie es más hombre que cuando se pone de rodillas de modo voluntario ante el que le dio esa capacidad.
1,2 «El Yo y sus metáforas» Segunda parte
El reto baila con la música que sueña.
Hacer cosas nuevas o las mismas de un modo nuevo es innovar, salir de nuestra propia zona de confort. Arriesgarnos. Desprendernos de ataduras que impiden navegar y explorar rumbos nuevos a nivel personal o profesional.
Todo esto seremos capaces de hacerlo cuando hayamos experimentado desde niños el aprecio que el amor proporciona. En primer lugar el amor de los míos, de mis padres. El amor que hace que yo sea único para ti y tú único para mí sin, por eso, ser excluyente ni exclusivo.
“La autoestima bien enraizada en la seguridad que me proporciona el conocimiento de quien soy, del valor que porto sin haberlo buscado. Ser el mejor regalo para los que me aman, un regalo nunca pedido, sobre todo en los ojos de la madre.”(El yo y sus metáforas)
Ser amado por quien soy, ese ser único e irrepetible no intercambiable, ese alguien para alguien. Ese alguien percibido en los ojos de mi madre que cuando me mira, con su mirada expresa ¡Qué bueno que existas y a mi lado!
Ser valorado en lo que hago manifestación de esa libertad personal cuajada en cada decisión, en el hacer y en el relacionarme. Saber esperar, estar a mi lado en el proceso, corregir la conducta del aprendiz respetando su ritmo y sus brillos. Valorar los resultados en su justa medida y esperar de mí mi mejor versión sin expectativas falsas.
Ser aceptado en mi singularidad sin posible clonación. Con mis luces y mis sombras que hacen de esa combinación una obra de arte sin cotización posible. Un carácter pulido día a día, autonomía para hacerlo a mi ritmo. Una personalidad dinámica al servicio de una misión común.
Vivimos en gerundio con la sonrisa del niño fascinado en crecer y aprender, arropado con la mirada y la sonrisa del aprecio de los que le aman sin dependencia. La mirada amorosa, la sonrisa franca pone luz en su interior y le ayuda a descubrir su identidad afianzando su seguridad.
La mirada del amor limpio pone en mis pies el ritmo del viento que acaricia y la paleta de colores que da forma a mis sueños.
¿Qué quiero que mis hijos recuerden de la cuarentena?

Esta fue la primera foto que me llegó y me hizo sonreír. Que fácil resulta hablar de teletrabajo cuando uno se imagina en su espacio personal, en casa, sin que nadie le moleste, incluso con unos pistachos y una cerveza y también con música de fondo… La realidad habitual no es esta. Cada uno tiene la suya pero cuando uno es familia tiene el hábito de pensar en el bien de los demás. Si hay personas mayores, más o menos perdidas, a las que todo este ruido del coronavirus les aturde… Si hay niños pequeños que todavía no son capaces de un trabajo autónomo y cuando se aburren pueden subirse por las paredes fantaseando con un rocódromo personal, todo esto exigen de los adultos un esfuerzo que sólo aliviará el amor.
«La familia es el mejor ejemplo de unidad en la diversidad. Es el espacio humano y humanizador por excelencia, donde cada cual recibe lo que necesita en su medida y es respetado en su singularidad cohesionada con el bien común» (El Yo y sus metáforas) En la familia se aprende a dar y a recibir. La prioridad está en el recibir cuando todavía no sabemos qué dar o no tenemos capacidad de iniciativa Pero se aprende ser agradecido y como un baile melodioso se van conjugando, sin solaparse, las diferentes acciones.
Los padres toman la iniciativa y enseñan más por lo que son que por lo que dicen. Lo que son, ese «ser familia», se manifiesta en el hacer cohesionado de modo habitual. Esa acción educativa es, debe ser intencional y, la mayor parte de las veces, exige donación y sacrificio alegre, por este motivo el sentido del humor ayuda a desengrasar situaciones que por sí mismas no son placenteras por su intensidad y urgencia.
Una familia con una jornada laboral intensa fuera de casa, con cuatro hijos pequeños, muy pequeños, pero que han logrado encuadrar sus diferentes tareas, y de repente, el mundo se vuelve del revés y ese sentido del humor habitual acude en su ayuda. Ejercitarlo a diario de modo intencional con un objetivo educativo no es sencillo. Os comparto las fotografías que me han enviado para hacerme sonreír. Creo que no puedo quedármelas. Merecéis este obsequio.



Hablar de sentido del humor es fácil. Vivirlo a diario exige mucho amor y esto es lo que se capta en estas fotografías. El amor con «h» tiene nombre propio.
Creo que en esta familia nadie olvidará la cuarentena y las ocasiones de aprendizaje que les ha brindado. Gracias por compartir parte de esa intimidad familiar.
El que tiene un amigo está salvado
“Si lo que temes decirme es doloroso, no dejes de anestesiar mi corazón con el tuyo, y juntos dejaremos la herida limpia y en proceso de curación”
En la sociedad que nos ha tocado vivir, o que nosotros mismos generamos, hay una gran soledad, la producida por la indiferencia que nos envuelve, esa soledad sin espacio para compartir. El deber de amor no está resulto. Ese amor que nos hace abrir el corazón a las personas tal y como somos, con nuestras limitaciones, compartiendo la vulnerabilidad y desde ella auparnos en la comprensión y en la disculpa. Querer al otro en su totalidad, luces y sombras, a pesar de los defectos ayudándonos cada día poniendo luz y dando brillo.
Si ese deber de amor no está resuelto tenemos que empezar a mirar dentro de nosotros para descubrir qué valor damos a las personas que nos rodean, y también qué valor nos damos a nosotros mismos. Qué compartimos con los que viven a nuestro lado, caminan con nosotros, aunque sólo sea un a etapa del camino.
Quien tiene un amigo está salvado ¿Soy yo ese amigo?
Hacer amigos, cansa. Tener amigos, descansa. Construir siempre es costoso y si lo que queremos construir es una relación de amistad entre seres libres hay mucho que pulir dentro de nosotros para que las aristas no hagan daño. Mirar desde el corazón, con afecto a todos, con mirada limpia de cualquier prejuicio, el que tiene el corazón limpio limpia todo lo que toca, y el respeto se hace presente para aceptar al otro tal como es, instalándonos en su luz y dejándonos iluminar. Para que un amigo reciba nuestro cariño no necesita satisfacer nuestras expectativas. Cada persona es única, y única cada relación de amistad. Si cada persona es única e irrepetible yo estaré siempre incompleta y necesitada de su aportación para alcanzar mi mejor versión.
Hay dos ámbitos en los que puedo recibir esa aportación que pule y abrillanta mi versión. Una profesional y otra personal. En ambas es necesario vestir la ayuda o corrección del cariño y el respeto que como personas merecemos. El vestido será distinto lo mismo que adecuamos nuestro engalanamiento para las distintas actividades.
En el nivel profesional recibe el nombre de feedback y se centra, sin hacer juicios, en la perfección de la tarea y la actitud al enfrentarla. Versa sobre aquello que nosotros no visualizamos con claridad por no ser intencional y que los demás visualizan externamente sin captar nuestra intención. Al ayudarnos, la finalidad es nuestra mejora profesional y, necesariamente, si nuestra intención es recta a la hora de emprender la tarea mejorada, nosotros mejoramos personalmente.
En el nivel personal es la corrección del amigo, afable, esperanzada y optimista. Solo se corrige cuando confiamos en la disposición libre del otro. Y se optimiza en la forma respetuosa de hacerla.
“Si lo que temes decirme es doloroso , no dejes de anestesiar mi corazón con el tuyo, y juntos dejaremos la herida limpia y en su proceso de curación” (El Yo y sus metáforas)
Visibilizar
Es importante materializar las virtudes de la relación: responder un mail, una llamada, un gracias, un perdón. Es bueno no exigir a los demás visualizar lo que no es transparente.
Son cuestiones sencillas pero que manifiestan una atención adecuada. Que cada cosa esté en su sitio, supone tener un sitio para cada cosa. Lo externo también manifiesta la jerarquía interna. NuestroS pensamientos y sentimientos no tienen por qué ser claros y visibles para los demás. Incluso el autodominio personal se manifiesta en saber dirigir nuestros actos al bien hacer. Este bien hacer revela de alguna manera nuestro bien ser.
Nuestra relación con las cosas y las personas manifiesta esa jerarquía de valores. La vida es sencilla si tenemos claro el rumbo. «Manos que no dáis, qué esperáis» me decía siempre una amiga. Dar respuesta a preguntas enunciadas. Dar silencio y tiempo a quién lo necesita, es valorar a esa persona. La disculpa de «no hay tiempo» es demasiado común para que nos arrope. Hay quien al final del día acaba agotado, pero agotado de sí mismo; asfixiado de egoísmo difuminado en la prisa de lo efímero.
Todos necesitamos distancia de lo inmediato y silencio para encontrarnos sin miedo. A veces conviene recorrer el camino hacia atrás para resetear conductas. Cultivar la relación con las personas es cuestión de amor concretado en detalles. Tiempo para pensar antes de hacer y ese hacer con otro o para otro, sea un hacer amoroso.
Una carta manuscrita supone detalle; una felicitación navideña a tu dirección postal; una llamada sólo para preguntar ¿cómo estás?; una sonrisa, un abrazo sostenido, un menú sorprendentemente festivo… es la melodía de la amistad, de la familia. Todos nos alimentamos de los detalles que hablan visibilizando el valor que damos a las personas y a las cosas.
Tener detalles, comprar un regalo, sorprender a alguien con algo que sabemos sueña supone trabajo, supone inversión de tiempo y eso es lo que hacemos con aquello que apreciamos.
Si en el ámbito profesional se cultivasen las virtudes de la relación interpersonal la productividad se dispararía.
«Señalar, amenazar, infundir miedo, recordar constantemente que eres débil y vulnerable (en lugar de animar, fortalecer, motivar) se parece más, según el pensamiento de Carlos Llano, a conducir una manada, no al liderazgo de personas» (Humildad y Liderazgo» de Carlos Llano Cifuentes, capítulo 11)
Esto es válido para cualquier tipo de relación. Somos siempre pastor y rebaño. Debemos enfocarnos siempre en las luces y no en las sombras aunque ambas formen parte del cuadro. El amor es luz que hace brillar siempre.





