Está casi amaneciendo. Vamos en el metro: auriculares puestos, mochila al hombro, repasando la lista de tareas…
Antes de bajar del vagón, haz una pausa.
Visualiza tu casa. Tu familia. Tus amigos.
Este es el hogar al que se puede volver.
Cuando volvemos a casa y encontramos una mirada que acoge, recordamos algo esencial:
no somos una tarea pendiente. Somos familia.
Los brazos abiertos hablan de acogida. Hablan de respetar la libertad.
No es lo mismo “morir” que “dar la vida”.
Lee el artículo publicado el 26 de enero de 2026:
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